lunes, 3 de septiembre de 2007

Historias para no dormir I

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Aún con una cantidad medicamentosa descomunal en mi cuerpo, mi nariz lloraba como los ojos de un santo en pleno milagro religioso. Quería sentirme mejor pensando que nunca viene mal un fin de semana tranquilo y sosegado; una vez duplicados los quince años, mi cuerpo demanda tregua desconsoladamente. Aunque sólo sea de forma ocasional.
Devorando un strepsils a bocados; lo cierto es que jamás he sido capaz de mantener un caramelo en la boca sin morderlo; comprobé que mi weekend terapéutico se descomponía mientras mi marido y yo recibíamos llamadas de nuestras amistades. Con un suspiro me acerqué a la despensa para evidenciar que no quedaba ni una sola cerveza.
-¡Imanol! –Dije con una punzada de dolor en la garganta-. ¡Diles que traigan cervezas, no quedan!
Atendí la puerta mientras él contestaba al teléfono. Hola, Carlos, pasa al griterío. Buenas, Miguel. Qué tal, Josu. Cuánto tiempo, Iker. El gentío se sucedía en tropel. Sin previsión alguna y brotando de la nada, la fiesta se consolidaba a ritmo de Madonna y Coldplay. Olvidando que mi persona era una farmacopea andante y sin desprenderme de mi querido paquete de pañuelos de papel, pesqué una cerveza de la nevera, me senté junto a Aitziber y escuché atentamente sus tejemanejes con el querido de turno. En el sofá contiguo, Imanol y sus amigos hablaban de lo ocurrido el sábado anterior en el Prototipo, el último pub en cerrar de los aledaños, el cual reunía siempre un manojo de especimenes dignos de una película de Tim Burton, pero que desgraciadamente conocíamos a la inmensa mayoría.
Fran comenzó a narrar una de sus divertidas historias. De todos era sabido que adornaba en demasía sus relatos, incluso algunas partes las inventaba descaradamente, pero nos traía sin cuidado con tal de pasar un buen rato. Las carcajadas eran aseguradas.

Después de cerrar el Prototipo, Josu y yo tomamos un taxi a Bilbao, aquí ya no quedaba nada abierto y nosotros seguíamos con ganas de marcha.

-¿A qué hora? –interrumpió Oskar.
-No lo sé –dijo Josu dubitativo-. Serían las siete de la mañana más o menos.
-¿Nos habíamos ido todos a casa? ¿Sólo quedabais Fran y tú?
-Si.
Fran reanudó su cuento dirigiendo una mirada acusadora a Oskar. No le gustaba que le interrumpieran. Sus historias podían perder encanto.

Nos montamos en el taxi. El conductor era un hombre que superaba la cincuentena, delgado, con el cabello velado de canas y muy nervioso y malhumorado. Tan sólo nos habíamos alejado unos pocos metros del lugar donde nos había recogido, cuando el taxista empezó a despotricar acaloradamente entre zumbidos y murmullos de la emisora de radio.
-¡Menuda mierda de noche! ¡Estoy hasta los cojones!
El hombre apretaba con furia el volante. A pesar de que en el interior del Volkswagen Passat estaba todo muy oscuro, pude ver como tenía los nudillos blancos y una vena gordísima le palpitaba en el cuello. Hubo un silencio muy largo.
-Ggggjjjgj……Marques del puerto……-silbó una voz femenina en la radio-. Gggjjjjssg……Marques del puerto treinta y uno…
-¡Ni Marques del puerto ni hostias! ¡Hasta los huevos estoy de llevar y traer borrachos! –chilló mientras gesticulaba exageradamente con las manos.
Josu y yo nos miramos con los ojos como platos. Los dos estábamos pensando en lo mismo: Quien parecía borracho era él. Un poco asustados tratamos de quitar hierro al asunto. Josu intentó dar conversación al conductor endiablado.
-La verdad es que hace muy mala noche. –dijo con voz un poco temblorosa-. No ha parado de jarrear.
Muy bien, Josu, dale ánimos. –Pensé irónicamente.
Silencio.
-Gfdgjjjss……Lehendakari Aguirre……ggghhsffss……Lehendakari Aguirre veinte…
Más silencio.
El taxista echó un vistazo rápido hacia atrás para examinar a su interlocutor. Después se dirigió al retrovisor central buscando nuestras caras.
-¡Qué coño sabréis! Llevo veintiséis años en este puto curro. Cuando empecé a trabajar en esto, vosotros aún llevabais pañales. ¿Sabéis lo que me ha pasado esta noche? Os lo voy a contar. Un niñato hijo de puta se ha ido corriendo sin pagarme. –El conductor daba enfáticos golpes en el volante mientras hablaba-. Después he estado esperando más de una hora a un cabrón que ha llamado a la central de taxis y que finalmente ha aparecido para largarse en el coche de un amiguete. Y por último acabo de limpiar una enorme vomitona de la tapicería gracias a un puñetero borracho. Igual de borracho que aquel que viene por allí. –dijo señalando hacia un paso de peatones.
Los dos miramos en aquella dirección. Nos encontrábamos en una larga recta y efectivamente, a la derecha había un hombre descamisado dando bandazos que cruzaba con mucho esfuerzo el paso de peatones.
El taxista aceleró.
-¡Si cree que voy a frenar va listo! ¡O se aparta o me lo cepillo!
Josu y yo nos agarramos al asiento. Comenzó a latirme el corazón de tal manera que parecía que se iba a abrir paso entre las costillas. Aquel pobre hombre miraba hacia el suelo concentrando todos sus sentidos en dar un paso tras otro sin desplomarse, y lo que no podía adivinar es que un taxista energúmeno se le aproximaba a una velocidad escandalosa.
-¡Cuidado! –creo que acerté a decir.
Pero justo en ese instante el taxi impactó con el sujeto, quien salió volando unos cuatro o cinco metros, aterrizando en una zona ajardinada a la derecha de la calzada. Se me quedará grabada para el resto de mi vida aquella cara pálida de terror en los previos segundos al atropello. Con la boca entreabierta intentando gritar y con el brazo izquierdo levantado en un vago intento de parar el monstruoso golpazo, mi cerebro me devolvía una y otra vez la imagen fantasmal del infeliz borrachín.
El olor a gas procedente del airbag inundó el interior del coche. No sabría decir cuanto tiempo pasó realmente desde el leñazo hasta que mi lucidez apareció en escena. Posiblemente lo que se me antojaba horas, en realidad tan sólo fueron segundos.
-Gggjjffsss……Henao trece……-los chasquidos de la radio me devolvieron a la realidad-. Gggfssrr……calle Henao trece…
Zarandeé a Josu, se hallaba a mi derecha y parecía encontrarse bien. Ninguno de los dos teníamos ni el más mínimo rasguño, tan sólo llevábamos encima un susto de muerte. Con empujones apresurados, pues aun éramos incapaces de hablar, le indiqué que saliera del coche con el miedo peliculero de que el taxi iba a estallar en llamas. Lo cual no sucedió, por supuesto. Josu abrió la puerta de su derecha y ambos nos apelotonamos con el aliento entrecortado para abandonar la escena del crimen lo antes posible.
Una vez en la acera, observamos el abollado coche sin reaccionar. El foco delantero derecho carente de cristal, casi rozaba el suelo. El parachoques retorcido se enredaba con el radiador, del cual no dejaba de manar agua. Y una enorme resquebrajadura surcaba el parabrisas de lado a lado. No hacía falta ser un gran detective para adivinar que la silueta esculpida en el frontal del Passat llevaba el nombre del desgraciado que yacía a unos metros de nosotros. En el carril contrario, al otro lado de la mediana, un par de coches con efecto tunning, se habían parado en el arcén, víctimas del morbo. Se trataba de sendos SEAT Ibiza provistos de cristales tintados, tubos de escape como las chimeneas de Altos Hornos y carrocerías en colores chillones atiborradas de pegatinas estúpidas. Es decir: horteradas con ruedas. Los ocupantes, haciendo honor a los adefesios que tenían por coches, se apearon para mostrarnos sus cabezas coronadas con pelos de punta y saturadas de mechas rubias engominadas. Para nuestra sorpresa, el más bajito de los dos puso las manos a cada lado de su boca a modo de altavoz y gritó:
-¿Estáis bien, tíos?
-¡Sí! –Contestamos-. ¡Estamos bien!
Su compañero sacó el teléfono móvil del bolsillo y a juzgar por los retazos de conversación que llegaban a nuestros oídos, estaba hablando con la Ertzantza. En ese momento la puerta de piloto del taxi se abrió y emergió la desencajada cara del taxista desequilibrado. Todavía tenía la nariz colorada a causa del impacto del airbag y un leve hilillo de sangre brotaba de una de sus fosas nasales.
-Yo…no pensaba…-balbuceó.
Sí, claro. -Pensé para mis adentros-. Te has cargado a un tío sin querer. ¡A ver como lo explicas en comisaría! En tu defensa podrías alegar que las farolas de toda la calle estaban apagadas. Es una pena que sea de día. –Me dije con desdén.
Nos acercamos cautelosos al inmóvil cuerpo de la víctima. Temía ver una escena de sangre y miembros amputados, pues mi naturaleza aprensiva me obligaba a desmayarme por el simple hecho de ver una aguja. Pero el hombre únicamente presentaba algunos golpes en la frente y unas rozaduras en la mejilla izquierda. La sangre no era muy abundante.
-¡Eh, oiga! –Intenté llamar su atención-. ¿Se encuentra bien?
No hubo respuesta.
-Fran, ¿estará muerto?
-No está muerto, idiota, sólo está inconsciente. –Dije para ocultar mi aprensión-. Será mejor que no le toquemos. Ya se ocupará la ambulancia.
Como por arte de brujas y nada más pronunciar esas palabras, apareció una ambulancia perseguida por dos patrullas de la Ertzantza y una furgoneta de atestados. Cerca de donde nos encontrábamos y en el sentido contrario habían parado más coches y una muchedumbre rodeaba al desorientado taxista. Los vecinos de los inmuebles adyacentes también se habían acercado para no perder detalle del espectáculo. Son estos momentos en los que uno se da cuenta de que indudablemente vivimos en una nación de cotillas y morbosos.
A lo lejos distinguimos a los dueños de los coches con tunning hablar con un ertzaina y señalar en nuestra dirección. El funcionario nos miró, se caló la txapela roja y después se encaminó hacia nosotros. Acortamos distancias para evitar sospechas sobre negativas a colaborar dirigiéndonos hacia él. A medida que se acercaba, se percató de que próximo al lugar donde nos encontrábamos había un cuerpo en el suelo. Tomó la radio adosada a su cinturón para informar del hombre herido a los asistentes de la ambulancia y aprovechó para ordenar a sus compañeros que despejasen la zona, el griterío era bárbaro.
-Buenos días, caballeros. –Dijo con obligado formulismo. Y digo obligado porque con mis tatuajes, la cabeza afeitada y las rastas de Josu, somos lo menos parecido a unos caballeros-. ¿Iban ustedes en el taxi en el momento del accidente?
-Sí. -me adelanté a responder.
Josu me dirigió una mirada cargada de reproches.
-De acuerdo. Quédense aquí, por favor. Mis compañeros les atenderán para tomarles declaración.
Nos sentamos en un bordillo y en cuanto el ertzaina se hubo alejado, Josu me sacudió con el dorso de la mano en el hombro.
-¿Por qué no le has dicho que no? Nos van a tener aquí detenidos hasta mañana. Olvídate de salir de fiesta por Bilbao. –Se quejó Josu.
-¿Y qué querías que hubiese respondido? Si hubiese negado que íbamos en el taxi, no nos hubieran creído y, peor aun, empezarían a sospechar cosas raras, que estos tíos son muy retorcidos. Finalmente acabarían por pedirnos la documentación, cachearnos y confiscarnos el chocolate y la farlopa. ¿Qué te parece mi reconstrucción de los futuros hechos?
-¡Va! –Dejó caer la mano finalizando la discusión-. Eres un puto exagerado.
Mientras permanecíamos sentados en aquel bordillo, con el ceño fruncido y la cara apoyada en las manos, los camilleros corrían hacia el accidentado. A pesar de la orden dada por el funcionario, seguía reinando el caos: multitud hablando entre sí dilucidando que había ocurrido. Ertzainas intentando hacerse obedecer haciendo circular al gentío. El taxista montando un numerito digno de Oscar, llorando arrodillado y gritando que él no lo quería hacer y que era padre de no se cuantos hijos. Patético.
Al cabo de un tiempo, comprobamos emocionados que hacía rato que nadie nos prestaba atención. Nos dimos un codazo el uno al otro. Muy despacio y sin quitar ojo a las autoridades, nos levantamos con disimulo. Encendí un cigarrillo. Paseé la vista por el enjambre de personas y absolutamente nadie reparaba en nuestra presencia. Un paso atrás. Otro. Otro más. Ahora a la izquierda. Más a la izquierda. Nos fuimos alejando paulatinamente delante de las narices de la Ertzantza. Increíble. Cuando nos sentimos más seguros, nos fugamos como alma que lleva el diablo pero sin dejar de mirar atrás en ningún momento. La euforia se adueñó de nosotros, la mezcla de alcohol, drogas y trasgresión de las normas nos envolvía en una especia de embriaguez orgásmica. Con una sonrisa bobalicona, descendíamos la calle sin ser conscientes de nuestra gran metedura de pata. O mejor dicho enorme metedura de pata. Cuando habíamos recorrido unos trescientos metros, Josu se detuvo en seco. Su piel tostada por naturaleza estaba blanca como el papel de fumar.
-Pero… ¿No íbamos a Bilbao? –titubeó.
-Sí, claro. ¿A dónde coño quieres que vayamos a estas horas?
En segundos el blancor de su cara se tornasoló, enrojeciendo de furia. Miró a un lado y a otro de la calle frenético, me agarró fuertemente el brazo y señaló hacia las luces azules de la Ertzantza que habíamos dejado atrás.
-¡Imbécil! –Ladraba como un loco-. ¡Bilbao está en la otra dirección!
Son esos momentos en los que te das cuenta de cuan gilipollas eres.
Tratando de mantener la calma, cavilaba en busca de atajos o desvíos, pero nos encontrábamos en una vía interurbana adosada a un par de edificios de viviendas y carente de callejuelas. No teníamos alternativa, debíamos volver por donde habíamos venido, tentando por segunda vez nuestra desdichada suerte.
Con paso quejumbroso y arrastrando los pies, parecíamos dos niños en el primer día de colegio. Retornamos nuestro camino y cuando estuvimos los suficientemente cerca del meollo de la cuestión, bordeamos unos arbustos de adelfas que se encontraban a nuestra derecha, aprovechando su follaje. Como no eran excesivamente altas, teníamos que caminar en cuclillas, y por culpa de los baches y de nuestro abotargamiento, tropezamos varias veces entre nosotros respondiéndonos con empujones e insultos. Para culminar nuestra proeza, nos despeñamos por un agujero propinándonos un cabezazo mutuo. Estábamos preparados para alistarnos en los GEOS.
Acordándonos de los familiares del jardinero y dejando un rastro de tierra, abandonamos el bosque de adelfas para adentrarnos en la selva de cotillas. Una maraña de mujeres tetonas con zapatillas de tacón en cuña y bata con mangas afaroladas resguardaban nuestra huida completamente ajenas. Esquivamos perros yorkshire, rubios botellazos, permanentes de pelo frito, piernas peludas con calcetines de perlé e incluso algún que otro ertzaina.
¿Ertzaina?
Mierda.
Alcé la mirada y se estaba abalanzando sobre mí. Alargó la mano y me asió del brazo. Entonces dijo en su tono de perpetuo formulismo:
-Por favor, circulen. No se detengan.
Entre la algarabía busqué a Josu. Distinguí entre calvas y rulos unas rastas que se alejaban furtivamente. En un par de zancadas le alcancé, sujetándole del cuello, arrimé mi cara a la suya.
-¡Serás capullo! ¡Te ibas sin mí como un cochino cobarde!
-¡Qué no, joder! No te había visto.
-Bueno, ¿a cuál vamos? Tendrá que ser matinal porque a estas horas no hay otra cosa –dije consultando el reloj-. Oye ¿Te has quedado con la cara de la vieja del pelo frito?
-¿Cuál de ellas?
A carcajada limpia nos perdimos en conocidos antros de primeras horas de la mañana y no volvimos a respirar aire sin climatizar hasta casi entrada la noche.

-¿Os fuisteis de fiesta después de todo lo que os pasó? –Señala Oskar con la boca abierta-. Lo vuestro es muy grave.
-Sois la leche. –Comenta Imanol entre risas-. Siempre os pasa de todo. ¿Habéis pensado en escribir vuestras memorias?
-Es que sois unos desperdicios… -Apunta Miguel sin siquiera mirar a sus interlocutores. Estaba muy atareado haciéndose con la carátula de un compact disc de Red Hot Chilli Peppers y abriendo su preciada bolsita de plástico, engalanada con un alambre verde despojado de un pobre pan de molde. Extrajo el contenido esmeradamente con una tarjeta de crédito, lo depositó sobre la imagen de una piscina ardiendo del álbum by the way y comenzó a formar finas líneas artesanales -. ¿Quién quiere?

La noche se desarrolló progresivamente. Arropados por el calor de los porros de marihuana, la cerveza y las rayas de coca, nos fuimos transmutando en los lobos noctámbulos que gobiernan desde hace años cada uno de nuestros sábados. Risas estentóreas y ojos dilatados bailaban por la sala a medida que las botellas de whisky, ron y ginebra llegaban a su fin, sumergidas en un ambiente atiborrado de humo.
Aitziber y yo nos corríamos nuestra propia fiesta en un mi habitación, contigua al salón. Ahumadas por marihuana, nos reíamos hasta de nuestra sombra.
Lo más rápido que pude para no hacer esperar a nuestros invitados, mudé mi ropa de estar en casa por algo más adecuado. Escogí un pantalón pirata negro, una camiseta cruda escotadísima con corte griego, medias de red y botas de tacón fino. Con la maestría de quien siempre llega tarde al trabajo, me maquillé en un suspiro, me planté unos pendientes largos con un pequeño brillante regalo de Aitziber y envolví mi cuello con un pañuelo de lentejuelas negras. Con una cazadora negra de motorista en la mano, anuncié a los demás que había terminado mi faena.
-¿A dónde vamos? –pregunté. Era la pregunta clave de la noche. Cada uno con sus gustos y razones, negociamos el lugar donde proseguir la diversión. Decidimos que las dos de la madrugada era la hora perfecta para el Prototipo, ya que el resto de garitos anunciaban el cierre a las tres con luces cegadoras coreadas de silencio musical.

-¿Qué tal tu constipado? –se interesó Aitziber de camino a la zona de antros.
-Me encuentro mejor. La ginebra desinfecta todos los virus. –Respondo con una risita.
-Estás fatal. –Mítica frase de mi amiga-. Por cierto, tenemos que hablar con las demás para hacer una cena. Esta vez en mi casa, dejaré al niño con mi ama. Os haré unos canapés divinos, unos pimientos rellenos de hongos y queso fundido para untar. Espero que no os guste mucho, porque os tengo en casa todos los días para cenar. Te aseguro que será mejor cena que el puto canapé que nos hizo Marina en su casa. Cuando salí, tuve que merendarme siete bocadillos.
Aitziber siempre tan exagerada. Es necesario conocerla bien para saber que prácticamente siempre está de broma y en el fondo es muy buena persona. Al igual que Fran, adorna tanto sus historias que es imposible escucharlas sin soltar lagrimones de la risa. Fue inolvidable el día que nos describió la boda de su hermano Igor. El simple hecho de escucharla decir que en el portal le esperaban doscientos vecinos -yo lo he visto y diría que sería imposible reunir a más de diez personas- y que extendieron una alfombra roja, fue razón suficiente para que se dislocasen nuestras mandíbulas en carcajadas. Aunque fue peor aún cuando quise verificar la versión de Aitziber. Su hermano atestiguó que era todo cierto y añadió que había en el portal señoras apostadas en banquetas. Mi imaginación recreó una escena andaluza, inventando mujeres con estirados moños grises que se abanicaban enérgicamente mientras descansaban en feas sillas plegables adornadas con rayas de colores chillones.

Sin casi percatarnos, nos encontrábamos junto a la entrada del Prototipo. Se erguía al final de una calle peatonal sin salida, iluminada por escasas farolas de haz amarillento. La puerta de acceso se hallaba cerrada, pero como asiduos parroquianos, estamos al corriente del procedimiento. Debíamos llamar al timbre dispuesto en el dintel del portón y esperar a que nos permitiesen deslizarnos a su sombrío interior. Al cabo de un minuto y a la par del sonido metálico de llaves, los goznes sonaron por falta de lubricante. Desde la oscuridad interior emergió la delgada y sudorosa figura de Jorge, el dueño del pub. Nos observó inquisitivamente, nervioso y con expresión asustada.
-Vamos. Entrad rápido. –Dijo colocándose a un lado para dejarnos pasar.
Nos sumergimos en una especie de recibidor aislado por unas puertas de cristal destinadas a evitar que la música, el ruido y las voces encolerizasen al vecindario. En tales casos suelen ser los hosteleros quienes tienen las de perder. Cuando ya hubimos traspasado aquellas puertas acristaladas, comprobamos que las mismas caras del sábado anterior nos miraban sostenidas por un pequeño mostrador situado a la derecha del local. Conscientes de que gran parte de nuestra noche iba a transcurrir en aquel lugar, nos acomodamos en feos y sucios sofás de un indeterminado verde botella que ocupaban el ala izquierda, y las horas se escapaban entre risas, chistes y cervezas. Lo que más me gusta de ese pub es su ambiente cargado de surrealismo, en su interior me siento como los protagonistas de una película Tarantiniana. O peor aun, de Almodóvar. Realmente debía cerrar a las tres de la mañana como el resto de los bares, pero equipado de cámaras enfocadas a la entrada y a los alrededores de esta, Jorge burla la ley impidiendo la asistencia a todo personaje con aspecto sospechoso. Pero tales actos tienen un precio, a Jorge le consumía el nerviosismo. Su alterada y esquelética estampa recorría el bar de un lado a otro, pidiendo silencio a quien levantase la voz en demasía.
-Ttsssss…callad. –nos ordenaba señalando una gran televisión plana que colgaba de una pared cercana a nosotros. Desde nuestros mugrientos sofás observamos la silueta de una patrulla de la policía municipal aproximándose peligrosamente. Contuvimos el aliento-. Si queréis seguir hablando, iros al fondo del bar.
-Ufffff… -Resoplamos. Era una falsa alarma. El coche llegó hasta el final de la calle y después maniobró para volver sobre sus pasos.
El poco pelo de color castaño claro que le queda se le adhería a la frente a causa de la transpiración y sus ojos de un intenso color azul desmerecían hundidos y enmarcados en una tez surcada por las arrugas prematuras. Los sobresaltos le envejecían a marchas forzadas. En principio pensé que debía ser muy reentable para él mantener el pub abierto a partir del cierre de los demás, utilizando la lógica de que aquellas personas que vacían los bares de los alrededores, acuden al único que existe abierto. Pero Jorge utiliza un cedazo para cribar a todo aquel que desea entrar, de modo que deseché esa idea. Además suele invitar a la concurrencia a numerosas rondas a cargo de la casa, lo cual me dice que este acto reivindicativo contra la ley de horarios de cierre hace que pierda dinero. ¿Entonces? ¿Qué satisfacción le produce exponerse a una multa o incluso al cierre del local? ¿Masoquismo puro y duro? Presté atención a sus famélicos andares mientras apuraba una cerveza. –Qué personaje este Jorge-. Pensé para mí.






1 comentario:

Anónimo dijo...

tronka, tu flipas, escribir lo de las rayas asi abiertamente, te puede o no! causar algun problemilla, he encontrado tu blog de pura casualidad. si se te para el plotter llámame, gerar. por otro lado buena historia, y sobre todo bien contada

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