viernes, 28 de septiembre de 2007

Masajes en China: Cuidado

Me encontraba alojada en un hotel de 5 estrellas de una pequeña ciudad industrial de la China profunda. Quedaban solo 2 días para mi vuelta a casa y me sentía cansada y aburrida. Hojeando despreocupadamente las revistas y panfletos de la habitación, decidí que lo que me apetecía en esos momentos era un buen masaje oriental. Dicho y hecho, en un minuto estaba en el ascensor del hotel pulsando la 6ª planta. Una vez allí me llevaron a una habitación, me sentaron en un sofá de cuero, me encendieron la tele y pusieron en mis manos una coca-cola, todo ello de lo menos oriental. A los pocos minutos apareció una chica muy joven y menuda que amablemente me indicó que me tumbase en la camilla y acto seguido y sin anestesia comenzó a masajearme por la zona de la rabadilla con una fuerza inusitada, teniendo en cuenta lo bajita y delgada que era. Así pasaron los minutos, que a mí me parecieron eternos, masajeándome la rabadilla. Casualmente tengo un tatuaje en esa misma zona y se me pasó por la cabeza que, de seguir así, me lo iba a borrar. Cuando creí que no podía más, ignorando lo que se me avecinaba, la chinita se subió a la camilla y se sentó a horcajadas sobre mi maltratada espalda continuando con la paliza. Me extrañó mucho, ya que los orientales, en general, rechazan el contacto físico. Entonces me acordé de la escena de una película en la que el protagonista se hacía dar una masaje y la china de turno se subía de pie sobre su espalda.
"No creo..." -pensé para mi. Pero en pocos minutos me sacó de dudas ya que efectivamente hizo sonar todos los huesos de mi espalda con sus pequeños piececitos. Los momentos posteriores fueron horribles, sólo os diré que mi cabeza se encontraba totalmente empotrada en el agujero que tienen las camillas de masajes para que coloques la cara. Pensé que menudo equilibrio tenía, ya que se deslizaba por mis brazos, piernas y culo sin dudar. El sufrimiento llegó a su fin con un masaje relajante, que en realidad era lo que yo quería, e incorporándome a duras penas, alcé la vista y distinguí unas barras metálicas en el techo por las que aquella bruja se había colgado para fustigarme.Las 13 horas del vuelo de vuelta a casa fueron sin pegar ojo a causa de mi intenso dolor de rabadilla. Por más que daba vueltas en el asiento, no cogía postura. Si llego a saberlo... Si llego a saberlo...

1 comentario:

Marga dijo...

Hola Amaia, soy tu nueva compi!bueno... quizás algún dia caiga un masaje balinés...

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