domingo, 9 de septiembre de 2007

Historias para no dormir III

Con un golpe cerró la puerta y se dio media vuelta para cruzar Argyle street utilizando su mano derecha a modo de visera. El sol iluminaba débilmente las pálidas calles de Glasgow a pesar de ser las ocho y media de la mañana. Después de doblar la esquina hacia la derecha y recorrer unos 50 metros a través de Oswald street, sacó una tarjeta electrónica del bolsillo interior de su americana y la introdujo en la ranura pertinente de la entrada del parking. Una voz femenina procedente de un pequeño altavoz situado junto a la ranura le saludó como todos los días desde hacía dos años.

-Buenos días, señor Zarate. Espere frente a la cabina número tres. Que tenga usted un buen día.

Escuchó el chasquido que desbloqueaba la puerta metálica e instantáneamente luces de neón iluminaron el garaje. Jon se frotó los ojos mientras caminaba, dañados por aquella luz blanquecina y la falta de sueño. Se había despertado en numerosas ocasiones e incluso había soñado con el novio de su exmujer. Ismael aparecía tumbado en el sofá turquesa roncando con la boca abierta, pero de pronto el sofá se doblaba en dos elevándose los apoya brazos. Los cojines a modo de boca deboraban su alcolizado cuerpo manchandolo todo de sangre. Vio su cara mientras desaparecía entre el respaldo y los cojines y tenía los ojos desorbitados. Los cojines ahogaron su grito. Después, el diabólico sofá escupió la corbata.

-Quizá no era de seda -dijo en voz alta mientras esperaba junto a la cabina
indicada.

A través del cuadrilátero acristalado distinguió la plataforma elevadora que transportaba su coche y frenaba bruscamente. Cuando las puertas neumáticas se abrieron para acceder a la cabina, el Toyota aún se bamboleaba gracias a los amortiguadores.

Para muchos Glasgow podría ser la capital de la arquitectura y el diseño. A finales del siglo XX y principios del XXI experimentó un gran cambio, transformando sus feas y desmanteladas industrias por atractivos y modernistas edificios, muchos de ellos destinados a ocio y turismo. Cuando Jon se trasladó no esperaba encontrar aquel skyline al más puro estilo neoyorquino. Glasgow parecía anunciar al mundo la belleza de su impactante arquitectura, siendo pioneros en la edificación de casas inteligentes totalmente automatizadas.

No era el caso de la vivienda de Jon. Era una pequeña casa individual de dos plantas con todo el estilo de ayer y los inconvenientes de hoy. Su frigorífico no le avisaba cuando le faltaba mantequilla, abría las persianas con esfuerzo a la antigua usanza y no se encontraba conectada a la red recogida de residuos, pero era suya y lo único que se podía permitir, restando de su sueldo la pensión que pasaba a su exmujer. De estilo victoriano, sobrevivió a la batida modernista y se encontraba encajonada entre dos intimidantes rascacielos que parecían burlarse de ella.
Mientras avanzaba atravesando Castle street, echó un vistazo a su derecha para contemplar la catedral de Glasgow. Accionó la función automática en el salpicadero seleccionando como destino su lugar de trabajo y relajó su mirada ante la silueta tétrica de techos puntiagudos que se alzaba ante su vista. Ni si quiera los primeros rayos de sol hacían desaparecer ese halo perturbador y misterioso. El cementerio que cobijaba el flanco derecho de la catedral había sido muchas veces testigo de sus paseos, cuando deambulaba por una ciudad desconocida y en la que se sentía extraño. De eso hacía ya dos años. Sus gruesos y centenarios robles, negros como el carbón, parecían retorcer sus ramas para reconfortarle y de un momento a otro darle palmadas en la espalda. Jon nunca supo muy bien de qué o de quién huía. Poco a poco se fue encontrando más cómodo en aquella ciudad. Los escoceses tienen fama bien merecida de buenos anfitriones y sustituyó las punzantes ramas de los negros robles por frías jarras de negra cerveza acompañadas de eternas conversaciones y ceilidh*.

Sumido en sus pensamientos le sorprendió el descenso de velocidad. Seguido de un pitido proveniente del identificador que llevaba en el coche, la puerta automática se deslizó escondiendo tras de si unas letras grabadas en el frente:


PROPIEDAD DEL GOBIERNO
DEPARTAMENTO DE CLIMATOLOGÍA DE ESCOCIA
ESTACIÓN DE PRUEBAS

Se trataba de un hermoso edificio obra de Eduardo Foster, hijo del afamado arquitecto, situado al noreste de la ciudad. El fantástico hall de unos quince pisos de altura, se hallaba iluminado por inmensas cristaleras en forma de tejado que parecían sostenerse tan solo por un par de mástiles revestidos de titanio y unidos entre si por otro transversal. Jon caminaba mirando hacia el techo mientras se colocaba en su oreja izquierda un auricular bluetooth para escuchar su correo electrónico. Cuando esperaba escuchar la voz de Lida, su asistente virtual, lo que oyó fue una voz a su espalda.

-Buenos días, Jon ¿Qué tal? -su interlocutor también dirigió la mirada hacia arriba-. ¿Qué? ¿Admirando la estructura? ¿No te entran ganas de jugar un partido de rugby cada vez que entras a este hall? -su jefe rió de un modo escandaloso su propio chiste y palmeó sonoramente su espalda casi derribándole.
Secándose las lágrimas con el dorso de la mano miró de reojo a Jon. No parecía estar muy dispuesto a reír sus bobadas.

-¿Te ocurre algo, Jon?
-¿Eh?Ah...no. No me pasa nada. Perdoname un segundo, Arthur. Lida, muestrame los diez últimos correos, por favor.

Ambos se pararon junto a la puerta del ascensor. Arthur no sabía que decir. Le escrutaba silenciosamente con las manos encajadas en los bolsillos del pantalón y Jon parecía no darse cuenta. Pasó el dedo índice por el lector que se encontraba a su derecha y el acristalado elevador vino en su búsqueda.

-Oye, no sé, si hay algo que necesites...si necesitas hablar con alg..
-No, no, de verdad -le cortó Jon agitando las manos-. Me encuentro bien. Es solo que... -hizo una pausa. Tenía ganas de desahogarse pero no creía estar haciéndolo con la persona adecuada-. Es igual, pequeños problemas personales, ya sabes. -concluyó.

Silencio

-Mira, eres unos de mis empleados más trabajadores, te aprecio enormemente como técnico y como persona. Por todo ello te hago esta oferta ¿Por qué no te tomas unas vacaciones?
-Arthur, me encuentro bien. En serio.
-¿Cuando ha sido la última vez que te has ido de vacaciones?
-Bueno...no sé...no recuerdo...
-¿Al menos lo pensarás?
-Esta bien. Lo pensaré. Gracias, Arthur.


*Música tradicional escocesa.


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