domingo, 11 de mayo de 2008

Las edades del viajero

Deambulo por internet, leo revistas de viajes, contrasto precios de vuelos y hoteles que aún no voy a hacer o a los que de momento no voy a ir. Durante estos meses es muy frecuente escuchar los ociosos planes de cara a los meses vacacionales y yo necesito escucharlos, es más, EXIJO escucharlos. Mientras veo el rubor colorado en la cara de mi marido, yo sigo libidinosamente ametrallando a preguntas a mi cuñada (por poner un ejemplo, es uno de tantos casos) sobre qué, cómo, cuándo y adonde. “No es un delito”, le digo a mi marido, solo quiero saber porque Monastir no es el único destino de Tunez, a pesar de que los touroperadores te lo encajen hasta la saciedad o que hay otras alternativas en mil y un países: Reino unido no es solo Londres, Italia no es solo Roma o Francia no es solo París.
Con seis años y con medianamente uso de razón, mis padres comenzaron, para mi y para mi dos hermanos, a ser nuestros guías personales alrededor de todo el mediterráneo hasta bien entrada la edad del pavo. Desde Denia, bordeando toda la costa, hasta San Lucar de Barrameda, cada año nuestro destino se encontraba en una provincia diferente. Mis hermanos y yo nos plantamos exigiendo un pueblo, ese pueblo que todo el mundo tiene y al que siempre va a veranear aunque sea unos pocos días desde tiempos inmemoriales. Nosotros también queríamos. Queríamos salir a las fiestas del pueblo de al lado, probar nuestro primer kalimotxo, quedarte hasta tarde y que nuestros padres vinieran a buscarnos. Queríamos desayunar esa rústica hogaza de pan que a la tarde ya está dura. Queríamos ir en bici a bañarnos al río con la cuadrilla de amigos (reminiscencias de tanto ver verano azul, supongo). Y queríamos secretamente encontrar nuestro primer amor de verano, o el segundo o el tercero, que se yo. El caso es que mis padres, con nuestros “queríamos” debajo de un brazo y un crédito debajo del otro, compraron una casa en Burgos; a una hora y media escasa de Euskadi; decidiendo que era una buena inversión y evitando así el desembolso anual que implica organizar unas vacaciones para cinco.
Después de doscientas fiestas de pueblos, cuatrocientos amores estivales y mil y una horas de sol en el río, llegó el riego sanguíneo a mi cabeza y me dí cuenta de cuan afortunados habíamos sido visitando todas aquellas ciudades, monumentos, playas, iglesias y parques y de que nuestra ingrata e ignorante adolescencia había pedido el cese de aquellas maravillosas vacaciones. Recuerdo que el verano de mi despertar y aprovechando que eramos suficientemente mayorcitos, mis padres iban a pasar unos días a Lisboa. Delicadamente y con mi mejor sonrisa comprometedora, les pregunte si podía ir con ellos. La respuesta fue no. Pero no un “no” malhumorado ni vengativo. Fue un “no” acompañado de las risas de ambos que lo decía todo. Aquel “no” me decía: ¿Ahora? No, cariño, ahora no. Ahora queremos hacer un viaje sin escuchar “¿queda mucho?” o “¡quiero un helado!”. No, cariño. Ahora no. Tengo que decir que aquella respuesta me pareció la mar de comprensible y en la que no cabía negociación. Ni siquiera hice objeciones.
Con el tiempo te das cuenta de las etapas que sufre la relación con tus padres. Pasan de ser los todopoderosos con quienes quieres estar a todas horas un tus primeros años, a los seres indeseables que te hacen la vida imposible y de los que te averguenzas terriblemente en tus épocas acnéicas, y con los que años después te tomas un vinito blanco en un bar tan agusto mientras charlas de cualquier cosa. Ahora soy yo la que estoy encantada de organizar viajes con ellos y de retomar aquellas vacaciones interrumpidas por nuestros egoístas deseos. Ahora soy yo la que sonrío cuando me piden que vayamos juntos Londres y ahora sé que sentían cuando me sonreían ante mi idea de ir a Lisboa con ellos: se sintieron halagados, al igual que yo.

4 comentarios:

Maria Ramirez dijo...

Amaia que identificada me siento con esta entrada. Nosotros ibamos de vacaciones a Alicante siempre, hasta que se me quedo pequeño y quise volar, siempre he vuelto 1 semana cada agosto a los 18 por obligacion y hoy a los 33 por placer y por ganas de pasar unos dias con mis padres y los amigos de toda la vida.
Soy una viajera empedernida y desde hace 5 años se lo he contagiado a mis padres, me encanta ayudarles a organizar viajes y este marzo pasado fuimos todos a Berlin, disfruito viendolos felices! Un saludo

Amaia Cubo Cossio dijo...

Maria, es exactamente lo que me pasa, también se lo he contagiado a ellos. Además, ahora estan jubilados y se pegan unos pedazo viajes que se me caen las babas!!! Hacen bien!!! Berlin lo tenia pensado para el año que viene, tomo nota de tu blog para hacer el recorrido, guapa.

Un saludete

cristina dijo...

Hola Amaia, ya que veo que tienes experiencia en esto de los viajes te pido consejo porque a mi me gusta reservar mis vacaciones con antelación y este año es imposible por mi pareja que no sabe cuando las tiene por cambio de trabajo, asi que estoy sufriendo de no tener nada todavia.
Yo las tengo en agosto, crees que en agosto puedo encontrar gangas, vuelos baratos, sin reservar con antelación.gracias.
Mi correo es cristicuerpo@hotmail.com

Ferguson dijo...

Hola Amaia, tras leer tu entrada puedo confesarte que me siento totálmente identificado con todo lo que has escrito.
Mientras mi mente asimilaba las palabras que se mostraban en la pantalla casi tenía la total certeza de que en cierta manera había vivido todo lo que relatas. Mi infancia fue muy similar a la tuya, tengo dos hermanas y una me recuerda muchísimo a tí; tanto, tanto que hasta juraría que eres tú. ¿Que cosas eh?

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